La convivencia entre los que devoran dulces y los que tratan de evitarlos a toda costa es solo pacífica en apariencia. Basta echar un vistazo a las redes sociales, especialmente twitter, para darse cuenta de que ambas facciones pueden ser igual de fanáticas. Sin embargo, los que abjuran del azúcar parecen más moralistas que los que solo se sienten culpables de consumirlo. En parte, porque estos a menudo son consumidores involuntarios. En este caso la conciencia parece conllevar cierta superioridad moral. Como muchos que escuchamos ciertas músicas y nos creemos con cierta capacidad para juzgar a los que prefieren el reggaetón. O como los que pagamos impuestos sobre los que no. En estos dos últimos casos, a menudo argumentan que tanto la música comercial está en todas partes, igual que el dinero negro. El azúcar es tan asombroso que hasta lo llaman homeopatía, un trasunto presuntamente lucrativo curativo

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Como digo, el azúcar se ha convertido en un objeto de deseo y de rechazo al mismo tiempo. Otro campo de disputa de nuestras sociedades como Beatles vs Stones, Blur vs Oasis, animalistas vs taurinos, Madrid vs Barça… Para todos ellos el término medio es calificado de “equidistancia”, expresión que últimamente destila deprecio, aspecto este en el que los bandos sí parecen coincidir.

En el mundo creativo, el azúcar se usa ampliamente como metáfora de la felicidad, del amor o del sexo. Azúcar igual a felicidad. Y qué decir de la miel. Un bienestar instantáneo, basado en el dulce consumo que garantiza un colocón químico, aunque sea más efímero que suspiro. Efímero salvo en la creatividad de los letristas desde siempre.

Brown sugar. Sugarman. Pour some sugar on me. Blood sugar sex magik. O Sugar, simplemente.

El cancionero romántico anglosajón (y especialmente, el latino) lo ha incorporado en una multitud de formulaciones, como el I+D de la industria alimentaria. La asociación es simple: amor es igual a dulce (y viceversa) y dulce a felicidad. Et voilà, el objetivo declarado de las sociedades occidentales, aunque sea en forma de sucedáneos, como endulzantes, sacarinas, amores de barra, edarlings o canciones plagiadas.

Los Stones lo cantaban con energía: “azúcar moreno, ¿cómo puedes estar tan bueno?”, aderezado con uno de los riffs más reconocibles del planeta. El tema es tan perfecto que hasta rima en español.

Uno de los motores históricos del comercio mundial acabe siendo quizás la metáfora recurrente de las letras del pop-rock. El azúcar y sus derivados han evolucionado de ser un símbolo de capacidad económica y de bienestar social a una amenaza para la salud de las sociedades desarrolladas. El exceso y la adicción suelen ser malos compañeros para la salud. Y también tan habituales entre los músicos de rock. He ahí otra coincidencia.

Desde luego, el tema es muy serio: en España se pasa de un 10 a un 20% de la población con obesidad (en Estados Unidos, la central cultural franquiciadora, del 14 al 45%). Urge poner a toda esa gente a dieta y a bailar canciones de amor sin sucedáneos.

En todo caso, como canta Taylor Goldsmith de Dawes aunque “elimines todo lo grasiento y frito, te pongas muy sano, aún así vas a morir”, apelando al único determinismo cierto, el de la lápida y la tierra. Así que para qué discutir.

 

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