Llegó un día en que la humanidad había compuesto ya todas las canciones. Técnicamente había alcanzado el momento en que se habían escrito todas las combinaciones posibles de notas, con todos los ritmos y todos los compases. Y por si no fuera suficiente, era evidente que ya las letras de las canciones no aportaban nada nuevo. Incluso las canciones políticas hacía ya mucho tiempo que habían dejado de interesar a la gente. Y desde luego todos sabían que las canciones de amor solo gustaban en kiss FM y en los BMW.

Era desolador ver cómo la creatividad era finita. Igual que las reservas de petróleo, como los números de teléfono, las matrículas de los coches o las lágrimas de dolor. Todo pasa, todo se acaba. En unas sociedades en las que los metadatos eran infinitos, las canciones dejaban paso lúgubre a la repetición constante… o al silencio.

Hacía años, esto parecía imposible. Si alguna voz se atrevió a presagiarlo, era acallada inmediatamente, pues ya sabemos que al agorero se le tacha enseguida de aburrido. Pero en este caso, ¿qué se hubiera podido hacer para evitarlo? ¿Componer más despacio?, ¿inventar más notas? Cuando un asteroide amenaza con impactar la tierra los científicos se esfuerzan por aportar soluciones expeditivas, como lanzar un misil. Nadie se encogería de hombros y simplemente dejaría que el apocalipsis pasara. Entonces ¿cómo dejaron que esto sucediera?

asteroide

Desde luego las discográficas nos estaban dispuestas a dejar pasar la ocasión de continuar con su negocio. Si se habían acabado las canciones, era el momento de publicar las colecciones definitivas de los clásicos del rock (sí, otra vez, pero esta vez con razón). Y del pop. Y de la canción melódica. Y de la copla. Hasta del reggaetón (se reportaron celebraciones en algunos garitos  del Greenwich Village en este caso). Hasta el más escéptico pronto se convenció de que ahora sí estábamos ante “the ultimate collection”. La única vía que quedaba de innovar algo era reutilizar. Como ya lo había hecho el sampleo del hip-hop.

Al principio, los que más sufrieron con este apocalipsis fueron los críticos musicales. Las revistas prescindían de ellos, los blogs se quedaban obsoletos y las discográficas les fueron olvidando. Muchos, los que no habían escrito su libro,  tuvieron que reciclarse en comentaristas de artículos de teletienda.

+mendigosalemanes

A la música en vivo (qué paradoja) ya solo quedaba reinterpretar una y otra vez las canciones que ahora los matemáticos y expertos en algoritmos se esforzaban en contar. La gente del mundo de la canción, discográficas, radio formulas, revistas y abogados comenzaron a odiar a los autores prolíficos: estos fueron identificados como los causantes del expolio de canciones. Si no hubiesen compuesto discos dobles y hasta cuádruples de canciones originales, aun quedarían canciones por descubrir. En concreto, Bruce Springsteen que había ido sacando todos su catalógo de descartes (por ejemplo, en Tracks y The Promise), o the Smashing Pumpkins con Rarities and B sides o Ryan Adams con Prisioner y Prisioner – B. por el contario, el prog-rock cayó del lado de los buenos: canciones muy largas pero pocas en cada LP.

Siguió pasando el tiempo y los derechos de autor de todas las canciones perdieron vigencia. La SGAE cerró y sus directivos tuvieron que buscar trabajo en gestorías de trabajadores autónomos. Pero lo más importante es que si bien la creatividad se había secado, todas las músicas del mundo eran de dominio público y cualquier reunión social, boda, fiesta, eventos en general pudieron utilizar las canciones libremente y sin pagar derechos. Incluso las campañas electorales del partido republicano pudieron, por fin, utilizar canciones de sus admirados, pero también odiados, Bruce Springsteen, Jackson Browne y Tom Petty. Muchos se sonrojaban al pensar que su idea del fin del mundo se parece al del final de las canciones.

Image: BESTPIX - Paul Ryan Holds "Enrollment Ceremony" For Bill To Repeal Affordable Care Act
El partido republicano podía utilizar libremente cualquier canción.

Ese día en que la humanidad había compuesto ya todas las canciones, muchos pensaron que la vida dejó de tener sentido. O, al menos, habían perdido para siempre los refugios emocionales que daban sentido a la humanidad. Ese día, the day the music died, empezaron a denominarse simplemente “especie humana”.

 

Este post es producto de la imaginación de su autor. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad. O, simplemente, que se han acabado (también) las ideas.

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