Van pasando cosas a nuestro alrededor, y tan vertiginosamente, que parecen más urgentes que no nos damos cuenta. Se nos escapan detalles de hechos que hasta hace muy poco nos hubieran resultado impensables. En el mundo de la música (en el de la cultura) se ha producido una transformación callada de cómo consumimos canciones. Ya dije en otro post que la tecnología disponible influye decisivamente. También he hablado del papel de los festivales en la experiencia colectiva del rock. Son ondas expansivas que van llegado a los conciertos y suponen de continuidad con esta sociedad contemporánea, de lo efímero, “líquida”.

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Setlist de Band of Horses en DCODE: no pueden faltar temas emblemáticos

El festival DCODE de Madrid, festival al que acudo por primera vez, consiste en una sucesión de grupos una sola jornada ofreciendo un cartel portentoso. A las bandas les fuerza  tocar una media de una hora. 60 minutos que debían aprovechar al máximo para colocar su mensaje e impactar al público. Un grupo de rock esto lo resuelve recurriendo a un setlist de unas 10 canciones, frente al doble de una concierto único de más de dos horas, y colocando sus éxitos más reconocibles al comienzo, en medio y al final. Es el momento de aparcar canciones nuevas o de fondo de armario. Así lo hicieron Franz Ferdinand o Band of Horses y, por supuesto, Liam Gallagher que empezó con Rock and roll star y terminó con Wonderwall, epitome de la comunión pop, de los móviles en todo lo alto y los desgarros emocionales.

 

Pero la organización del festival también forma parte del concierto. No solo en la parte organizativa y de condiciones de acceso, etc., sino en la experiencia musical. En el DCODE no había silencios. Las actuaciones estaban perfectamente programadas y todo encajaba como un puzle. Mientras llegaba, en el minuto exacto, el comienzo de la siguiente banda, las 3 grandes pantallas proyectan anuncios comerciales con bandas sonoras que chirriaban estilísticamente con un festival de pop-rock.

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Aspecto de los dos escenarios prinicpales del festival DCODE

Lo que quiero decir, lógica comercial aparte, es que la sucesión de contenidos desde el comienzo del festival hasta el final era constate. Alguno bromeaba con que estaba pensado para el público millennial. Siendo este el mayoritario en la ciudad Universitaria, un festival no puede permitirse el lujo de dejar decaer su concentración. Incluso Band of Horses han entrado en esa especulación: su batería rellenaba las transiciones con efectos de sonido que sacaba de una batería electrónica.

Velocidad, fobia al aburrimiento,  horror vacui, emoción por lo alto y todo bien grabado con el móvil. Así es como escucha hoy el público joven música en vivo. Este hecho es coincidente con el consumo de música grabada. He podido comprobar que la gente joven (muy joven, incluso) no tiene ni remoto interés en escuchar un álbum entero de un solo artista. No se plantea otra manera que ir picoteando por las canciones que le gustan, de las listas de éxitos o de gustos personales. O saltar de vídeo en vídeo  en Youtube. Y esto es lo que los festivales les ofrecen hoy: actuaciones breves (una hora), llenas de éxitos conocidos, y muy “visual” para poder ser grabado con el dispositivo móvil y rápidamente a las redes sociales.

Es decir, se va perdiendo la coherencia artística, se prescinde de todo relato coherente con la carrera del autor o la conexión con el contexto social de fondo. Ya de por sí la música interpretada en directo es efímera por definición, pero este planteamiento acelera su disolución. Y es que puede que la edad me haya vuelto un nostálgico, pero el “aleatorio canciones” (tan distinto de la “música aleatoria” tiene un impacto cultural evidente, no necesariamente negativo (no se me tache de “cascarrabias” ), aún por evaluar.

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