Los errores sobre el escenario no son muy habituales entre los profesionales de la música bien ensayados, a veces hasta lo previsible, pero forman parte de lo posible. Cuando suceden suelen ser imperceptibles para el aficionado, que no conoce el guión o el repertorio de antemano. Como Rubén Amón escribió en El País, en el caso de la ópera “es una actividad de riesgo que bordea la frontera de la gloria y el ridículo”.

Hace no mucho tiempo las redes sociales se inundaban con comentarios de todos los tipos acerca de un famoso gallo del corral español en el festival de Eurovisión Un gallo es una nota falsa que se escapa al cantar, un descuido, un patinazo. No confundir con el desafino que, a diferencia de los gallos, consisten en varias notas fuera de tono a largo de unas estrofas. Ambos hacen mal al oído, pero los gallos son los errores más evidentes y llamativos.

Uno de mis grupos favoritos de siempre es Del Amitri, como ha quedado bien patente en este blog. Una de sus canciones más bonitas es la balada Driving with the breaks on, de su álbum Twisted, construida sobre el tono de do (C). En el puente tiene un momento álgido, de los que Justin Currie utiliza en sus mejores canciones: desde sol (G) canta que “nada le va a hacer separarse de su lado” (break from her side). Ese “de su lado” es clave en la canción porque exige una nota más alta. Le confiere toda la fuerza emotiva y musical, pero es el punto en el que la frontera entre la gloria y el ridículo se encuentran peligrosamente.

Esta fatalidad quedó grabada para siempre en una actuación acústica de una emisora de radio “live on KBCO Studio C”, que se puede escuchar aquí:

En el minuto 3:30 se oye una nota falsa que se cuela de manera fatal. Es el armagedón para el artista en el culmen de su canción. No llega a ser ridículo porque el resto de la canción es sublime, expresada en seguramente la mejor versión de todas.

Después, todo cambia. Hay cientos de versiones en youtube. Desde aquel gallo “from her side” es un asesino agazapado en un callejón oscuro. Queda grabado como un surco único que se asocia a tu vinilo al que se refiere Eric Spitznagel en su novela “En busca de los discos perdidos”. Es una obsesión, una marca indeleble, una maldita obsesión. Es una nota que te atrapa y que demuestra que en el mundo del arte ensayar no lo es todo.

Ese surco parece seguir allí en versiones posteriores, como en esta(3:37):

Algunos de los fans, como yo, nos quedamos clavados en esa nota, esperando el momento único en el que el músico atraviesa el surco, un instante, a que el asesino le aseste el navajazo una y otra vez.

 

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