Vivimos una vuelta al pasado. Cuando la música se inventó, si es que eso acaso es posible, se hizo para ser representada. No había grabaciones, ni discos ni singles. En el siglo XX la tecnología las actuaciones musicales cedieron protagonismo a sus infinitas versiones grabadas. La radio y las ventas de discos de 45 y 33 rpm o las cintas de caset definieron el papel social de la música. A comienzos del siglo XXI de nuevo la tecnología ha propiciado cambios a la forma en que escuchamos música. Dicho de manera muy sucinta, los formatos digitales han devuelto la primacía a la música en directo en el pop-rock.

Para Bryan Ferry “el simple acto de subirse a un escenario es artificial en sí mismo”. A partir de esta premisa su libro “Cómo funciona la música” de 2012 se recrea en esta idea de la centralidad de la escena (Reservoir books, 2012). Es donde el contexto aparece, el verdadero lugar al que pertenece la canción, nace la emoción y se agota la “soledad acompañada” de Adorno para dejar paso a una multitud emocionada que escucha música pop (ver mi “experiencia colectiva del rock”). El escenario, por lo tanto, es de nuevo el epicentro del directo.

Se puede ver en Netflix una serie de documentales sobre el diseño, Abstract. Uno de ellos es el dedicado a Es Devlin, una artista que pone su enorme creatividad al servicio de un mensaje musical.

En sus diseños escenográficos el grupo y la obra se transforman y crecen, como lo decía Ferry. De ese modo parece que la cultura se transforma y con ella la forma de percibirla por el público o, más bien, por la sociedad. Sorprende comprobar cómo la imaginación de un individuo modifica/complementa/amplifica el mensaje original de un concierto. Es un vanguardismo que debe enfrentarse al reto de miles de móviles retratando constantemente el escenario, desde miles de ángulos. Jamás una obra se había puesto ante semejante escrutinio.

Como ya escribí en la entrada sobre el tour de U2, en cada puesta en escena un grupo emite un mensaje que transciende el propio de cada una de las canciones del setlist. No en vano, es la propia Delvin la responsable de la escenografía de esa gira de U2, así como también de Lady Gaga, Miley Cyrus, Beyoncé, Adele entre las divas contemporáneas, pero también ha trabajado para Muse, Lenny Kravitz, Goldfrapp o los Rolling Stones unido todos por un cierto aire de vanguardismo escénico. La entrada a uno de esos conciertos da acceso a ideas, imaginación, luz, artificios, un ámbito complementario al de las canciones.

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De hecho, un show debe tener como primera finalidad mostrar algo, una propuesta cultural. Un relato. En un contexto, en el que el presupuesto debe ser el único límite. Buen ejemplo de esto es la puesta en escena de uno de los primeros fans de Devlin, el rapero Kanye West:

Como se ve en estos ejemplos, estas propuestas transcienden el mero aspecto visual de la clásica presentación de un grupo de rock: batería en el centro, guitarras a los lados. Como explica la propia Devlin, rechaza la configuración de “joroba”. Surgen, pues los elementos con los que la artista cuenta para crear ese contexto nuevo a partir de un momento inicial único e irrepetible en el que se pagan las luces para que comience el show: luz, oscuridad; proyecciones, espejos; la escala o tamaño de los objetos; las formas, los cubos, la belleza, la elegancia. Todo ello, sin nada más ni nada menos, contribuye a arropar el mensaje propio de las canciones.

Todo ello puede transformar una habitación cutre en un espacio infinito con el objetivo de hacer “sentir” al espectador. Hay que reconocer que el público de un concierto de rock “solo” va a escuchar música que le gusta. Y esto implica que hay una idea una necesidad de transmitir un mensaje por parte de la banda. Es decir trasciende el mero hecho de subirse a un escenario, como recordaba Ferry, encender los instrumentos e interpretar una música. Hay algo más.

Y de cara al siglo XXI que nos queda por delante, quien sabe si se empezarán a generalizar propuestas más tecnológicas como la realidad aumentada, o la realidad virtual. En todo caso, me atrevo a afirmar que lo que nunca faltará en un relato musical que es lo que nos convoca a dejarnos sorprender por/en la sala de conciertos.

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