La campaña electoral en Estados Unidos afronta sus últimas semanas bajo las amenazadoras posibilidades del candidato Donald Trump. En cierto sentido es como si EE.UU. se estuviera partiendo en dos: los que están a favor del magnate y el resto. En esta segunda facción, heterogénea y dividida, empieza a distinguirse una cierta élite cultural en la que predomina el pragmatismo. Me refiero a que los que no apoyan a Trump no son partidarios necesariamente de Hillary Clinton. De hecho, puede que hubiera más músicos de rock que de pop a favor de Bernie Sanders (como Neil Young, Vampire Weekend o Jackson Browne). Mientras tanto, el lado de Clinton ha concitado más apoyos del pop, como se ve en esta lista. Quizás esa es una de las mayores fortalezas del lado republicano.

A su vez, dentro de una cierta élite cultural, los músicos vienen dando muestras de una movilización política que trasciende otra de naturaleza más social. Mientras que la primera es más difícil de ver por las exigencias de la propia industria de la música (vender, sin irritar a ningún público, básicamente), la segunda se ha considerado tradicionalmente una bandera propia de los artistas comprometidos con su tiempo. De modo que defender causas justas y solidarias no sorprende a nadie. Pongamos un ejemplo: que un grupo defienda la lucha contra la pobreza o contra el racismo no solo les confiere una imagen de bienhechores sino que les permite captar audiencias, en una pura estrategia de marketing. Pienso en el caso de Bob Geldof y su Live Aid. Incluso cuando las calles se han teñido de protestas, algunos músicos han compartido sus voces para elevar el tono, como en el conocido caso de Occuppy Wall Street de 2013:

Cuando hablo de “canciones políticas” o de “pop-rock comprometido” inmediatamente la gente piensa en “canción protesta” de los 60 y 70. La historia del rock encierra suficientes ejemplos de movilización política y social, si bien lo que abundan son los casos de campañas a favor de causas (más o menos) perdidas de naturaleza política. En este sentido hay que detenerse en los movimientos político-musicales. Hunden sus raíces en el músico heterodoxo Frank Zappa. En efecto, la clave del sistema electoral estadounidense es la obligación de registrarse previamente para poder ser elector. Esto ha motivado que los artistas comprometidos políticamente hayan tratado de franquear esta barrera. Como digo, quizás fue Zappa y the Mothers of Invention en sus conciertos de los 80 quien mezcló música pop-rock con la invitación a registrarse en las mesas que tenía preparadas.

 

Sin embargo, menos frecuentes son los movimientos político-musicales en contra de una candidatura, a pesar de que en los últimos 10 años hemos asistido a, al menos, dos casos destacados: Rock against Bush, una coalición de grupos de punk-rock expresamente creada contra la candidatura de Bush de 2004, de la que aún hoy en Spotify se puede encontrar la lista de canciones.

El otro está en plena campaña y, como no podía ser de otro modo, se enfrenta a Donald Trump. 30 días 30 canciones se propone tanto evitar el voto al magnate entre los más jóvenes con argumentos contrarios a sus ideales ya lo que representa como a favor de Clinton. Curiosamente en este segundo caso no da argumentos políticos, sino de experiencia y profesionalidad. Incluso llega a admitir queno tienes por qué enamorarte de un candidato. Esto no es un romance. Estamos eligiendo al líder de la nación más poderosa de la tierra. Es una decisión de la cabeza, no del corazón”. Y para reforzar su mensaje cada día desde el pasado 10 de octubre añaden una canción a su lista. Son temas de indudable referencia y alusión política, aunque quizás la más “agresiva” es la de Franz Ferdinand y la más atractiva (para mí) la de Death Cab for Cutie. Todas comparten el hecho de que las rolas son una manera emotiva y eficaz de llegar a la gente, como fenómenos culturales, no como simples piezas de ocio.

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En resumen, “30 días 30 canciones” una campaña musical organizada en internet y que se nutre de canciones que los artistas ceden en Spotify para estimular al registro subrayando que “no eres un siervo de la democracia y tus acciones la cambian”. Seguramente en el futuro veamos más casos como este en el contexto de la polarización política que vivimos, como en los casos del Brexit o el populismo. Quizás la nueva política traiga también nuevos movimientos políticos y con ellos el uso de la música popular. Sea como sea, aquí podrás leerlo.

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