En septiembre se publica en todo el mundo la autobiografía de Bruce Springsteen con el poco original, aunque atinado, título de Born to Run. Como se puede comprobar en este blog, soy un entusiasta de la obra de Bruce, pero debo reconocer volver a leer sobre su vida y milagros no me parecía de gran interés. He leído tantas biografías, y le he seguido a través de entrevistas y reportajes que creo que conozco suficiente al icono de Nueva Jersey. Sin embargo, hay dos razones de peso por las que las memorias ganan interés: en primer lugar, el propio Springsteen ha escogido las canciones que acompañan a sus memorias y que enfatizan ciertos pasajes. Y, sobre todo, en segundo lugar, porque es Bruce en sus propias palabras (aquí está el prólogo).

Las autobiografías de los músicos que han configurado lo que hoy llamamos “rock clásico” se están convirtiendo en un subgénero. En los últimos años hemos visto cómo artistas insignes del pop-rock como Sting (2003), Rod Stewart (2013), Peter Townshend (2012), Keith Richards (2011), Eric Clapton (2010) o Morrissey (2013) han publicado sus memorias, fenómeno editorial que tiene que ver con una cuestión de edad. Pero también con una necesidad histórica.

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Para los lectores representa una fuente muy rica en documentación historiográfica de uno de los aspectos más significativos de nuestro tiempo: la formación de la cultura pop-rock que es hoy la fuente de entretenimiento más importante en occidente de los años 60 a 90 del siglo XX.

En las biografías, generalmente escritas por periodistas y habitualmente no autorizadas, los acontecimientos narrados ganan objetividad y distancia (o no). Sin embargo, las autobiografías ofrecen mucho más que hechos: es el propio artista el que desvela el contexto de las obras que los fans admiramos. Pero son quizás sus pensamientos cerca del salto a la fama, o sus reflexiones más personales sobre la sociedad y la política lo que confieren más valor e interés a este tipo de obras.

Enfoques periodísticos aparte, en los que predomina el interés por el escándalo, es ese punto de vista histórico o sociológico el que me interesa cuando leo unas memorias. Porque si un músico autentico es aquel que tiene una historia que contar, cuando echa la vista atrás algo de verdad debe de poder encontrarse. Y generalmente no son personajes caracterizados por su formación académica, sino por su creatividad y su manera de contarnos lo que ya sabemos. Como el propio Bruce dice en su prólogo, es la palabra de aquellos artistas que “mienten en beneficio de verdad”.

A continuación voy a centrarme en las memorias de losa músicos británicos que mencionaba más arriba, todas las cuales he leído en su idioma original. Desde luego, creo que un trabajo en profundidad sobre las premisas a las que me refiero darían para una tesis doctoral. Desde luego no es el objeto de este humilde post, que con apuntar algunos de sus leit motiv se conforma.

Lo primero que llama la atención es que en todas las memorias se repite la descripción de una especie de sentimiento de camaradería en el Londres de mediados de los 60. La revolución cultural que se produjo tras la II guerra mundial en los países vencedores generó una ola entre los jóvenes. Revolución que subvertía las normas preestablecidas de los padres que lucharon en el frente. Allí coincidieron todos los grandes del rock clásico, primero entorno los sonidos blues de la nueve potencia mundial, EEUU, más tarde en el punk. Todos se conocían y se escuchaban mutuamente. Con frecuencia colaboraban, recreaban bandas y tocaban en los discos de los demás. Es el caso más llamativo de Eric Clapton con los Stones, con los Yardbirds o con The Who. Curiosamente los Beatles no eran protagonistas en aquellos orígenes de los 60. Esa camaradería podría haber sido el caldo de cultivo del crecimiento musical y la exploración artística que luego explotaría en los 70.

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Si en otras ocasiones en este blog y en el libro “Con la música a otra parte” he hablado de lo que llamo “la experiencia colectiva del rock” aquí se podría dar ese mismo fenómeno, pero desde el punto de vista de los creadores que concitarían a los fans alrededor de la música. Por eso, de esa camaradería se podría extrapolar un sentimiento de pertenencia, que continúa entre ellos en el ocaso de sus vidas, forjado también con una evolución personal (y colectiva) de lo reivindicativo propio de la juventud a la que me refería, pasando por el compromiso político y un cierto progresismo, hasta llegar a un claro conservadurismo social, ético, financiero y, como en el caso de Rod Stewart, abiertamente liberal y monárquico.

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La camaradería se ha visto agitada por varios fenómenos: el intercambio de parejas (el más conocido caso el de Patty Boyd entre Harrison y Clapton, que deja claro que el papel de la mujer es secundario, de objeto sexual o, como mucho, de apoyo emocional), las drogas (caída y rehabilitación) o la muerte (relacionado con lo anterior, como en el caso de Keith Moon). Todo ello teje una madeja de relaciones personales/artísticas y la posibilidad de verificar si en algún caso la memoria flojea o es interesadamente olvidadiza.

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Es curioso comprobar que existe un cierto pudor al hablar de dinero. Quizás solo Pete Townshend expresa cantidades, pero después de contar la vez que descubrió que tenia un millos de libras (de los 70) en el banco no vuelve a ser más concreto que reconocer es “rico”, al igual que los demás músicos. En general describen cómo pasan de una situación familiar modesta, incluso difícil, a una tercera edad de lujo y preocupación por las finanzas.

 

Como decía al principio, la próxima publicación de las memorias de Bruce ser todo un acontecimiento que abunda en el nuevo género de las memorias de rockeros. Las del Boss, no obstante, se salen de las de esta generación de músicos británicos. Primero porque abarca el periodo 1972-2012 y porque el salto atlántico supone también grandes diferencias de contexto. Para cuando Bruce comenzaba con los Castiles, nuestros héroes llevan unos 10 años construyendo sus identidades culturales. Y a partir de ahí, la de todos nosotros.

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