De un tiempo a esta parte me interesa mucho el papel que desempeña la cultura popular en el sistema político. Esto, que dicho así puede que no exprese mucho, se manifiesta en hechos como el uso de la música pop-rock en la comunicación política. O, lo que es lo mismo, la capacidad de un candidato de conectar con una gran cantidad de votantes. En tiempos de desafección política podría pensarse que cualquier forma de volver a enganchar a la ciudadanía con los valores y mecanismos de la democracia son siempre bienvenidos.

Globos al cierre de la Convención del partido demócrata en julio de 2016
Globos al cierre de la Convención del partido demócrata en julio de 2016
Justamente esta semana los dos candidatos a la presidencia de los EEUU han aceptado la nominación de sus partidos. Por el lado republicano, la verdad, tengo poco que decir en esta línea de cultura pop: Trump es un señor de otro mundo y me parece que solo “concreta” con el ciudadano por las desfachateces y porque tiene mucho dinero. Y eso siempre ha seducido a mucha gente, que sin pensarlo demasiado cree que el que un candidato se pague a sí mismo la campaña electoral es bueno e incluso deseable para este lado del Atlántico.

Por el lado demócrata las cosas cambian. Ya escribí en este texto para ACOP cómo los músicos y artistas apoyan casi en bloque (hay excepciones, por supuesto) a los candidatos demócratas. Quizás más a Sanders que a Hilary Clinton, pero no hay duda de cuál es su bando.

Después de discursos de lo más empático, de esos de manual que estudia David Redoli (@DRedoli) (me ha gustado especialmente el de Meryl Streep), hoy la candidata Hilary Clinton ha aceptado su designación, poniendo el broche final a la Convención del partido demócrata

No cabe duda de que Barack Obama ha sido el candidato aferrado por antonomasia a los valores próximos de la cultura popular. Su capacidad de conectar desde, al menos, aquel discurso de 2008, pero esencialmente en lo que aquí nos interesa con sus canturreos, listas de Spotify, etc. Y que en esta Convención fundió su presencia con temas como “City of Blinding Lights” de U2, “Land of Hopes and Dreams” de Bruce Springsteen y “Signed, Sealed, Delivered” de Stevie Wonder.

Precisamente esta fue la canción elegida por otro gran ejemplo de incluso Michelle, su mujer. Como se ve, todo queda en casa con los demócratas (desde los Kennedy hasta los Obama pasando, precisamente, por los Clinton). Casualmente la primera Dama ha sido noticia en lo que nos interesa esta misma semana ya que ha participado en el programa de James Corden Carpool karaoke (que ha sido noticia también muy reciente), con lo que ha agrandado su popularidad a grito pelado de Beyoncé:

Bill Clinton deja claro en su autobiografía que si bien no es precisamente un amante de la música pop-rock, sí lo es del jazz. Es icónica ya su imagen tocando el saxofón, de hecho. Pero eso no le ha restado capacidad para quizás ser el primer presidente de los EEUU que acercó una figura tan institucional y distante al perfil social más “normal” e incluso encantador, como sostiene también Troy Trevi. Y a mi juicio lo hizo mediante el uso de los medios de comunicación y de la cultura popular.

La lógica diría que en el futuro la línea continuaría por este camino. Pero Hillary no es Bill. Ella tiene otro perfil (que queda también claro en la autobiografía de su marido). Ella es una profesional comprometida y ambiciosa. Y quizás sea eso lo que el electorado aprecie en ella: distancia. Y cuando su hija Chelsea le ha dado en el escenario para el discurso de aceptación sonaba Fight song de Rachel Platten (primer minuto) entre los vítores del público entregado. Y al final (a partir de la hora en el video) suenan himnos pop-dance actuales como Firrwork de Katy Perry. No cabe duda de que el pop gana peso (aquí la lista de todas las actuaciones de esas cuatro noches), que es la música que le gusta a mi hija de 11 años. Y, aventurando una hipótesis, quizás eso explique la distancia a que me refería antes: la música pop, de académicas discotequeras, es animada y marchosa, pero poco personal y con escaso mensaje. Y desde luego le queda forzada a una señora de 68 años que lleva toda una vida en política. Desde luego no resiste la comparación con sus predecesores, a los que me he referido en este post.

Y no hablo de virtudes o defectos políticos o de su discurso, solamente esbozo los rasgos (ausentes o presentes) de un candidato a la Casa Blanca respecto de la cultura popular, en un país como dijo Clinton en su discurso final, “where love trumps hate” (donde el amor vence al odio, en un claro juego de palabras). En un lugar en el que un artista nada sospechoso de conservadurismo o de estar atados a lo que aquí llamaríamos valores tradicionales es capaz de interpretar una belleza de canción como su clásico Oh My sweet Carolina con esta puesta en escena presidida por dos banderas bien grandes:

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