Muchas veces me he preguntado qué hace que una determinada música nos emocione y, sin embargo, otra nos deje perfectamente indiferentes. ¿De dónde nace la emoción en el arte? Y siempre me respondo igual: para disfrutar de la cultura es imprescindible un esfuerzo intelectual. Es lo que nos hacer seguir pareciendo siendo humanos y lo que nos hace resistir ante el imparable aumento de la banalización. Si uno se emociona con algo al minuto, sin conocer su contexto, su significado o su contenido, es que es entretenimiento. Todos buscamos entretenimiento, pero este es el hermano menor de la emoción. Así que, a mi juicio, la emoción solo puede nacer del conocimiento profundo.

Este mes hace 40 años que Nadia Comaneci logró el primer 10 de la historia de la gimnasia. Un 10 equivale a perfección. Por qué aun hoy emociona evocar su ejercicio en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976: por su magnífica ejecución, pero también por la oportunidad que le damos a comprender que el primer 10 de la historia de ese deporte lo había logrado, con toda su ingenuidad, una niña de 14 años de un país comunista en plena guerra fría.

Ayer asistí al concierto de Steve Vai en los jardines del botánico de la UCM dentro de su gira de 25 aniversario de su obra Passion and warfare. Preparándolo, me topé con esta “crónica” del recital precedente en Córdoba: http://cordopolis.es/2016/07/17/steve-vai-un-musico-sin-alma-2/ titulada “un música sin alma”. Solo un desalmado puede haberla escrito.

Vai es un virtuoso de la guitarra, un virtuoso de la música, más bien. Es respectado y admirado por otros músicos. Pero sinceramente, si alguien quiera conocer su trabajo le diría que tendría que ser un apasionado de los solos interminables y del atletismo sobre un mástil y seis cuerdas. Supongo que eso es lo que a muchos les genera desprecio rechazo. Un concierto suyo es como acudir al Auditorio nacional escuchar mucha clásica. Sin embargo, puesto que estamos hablando de un guitarrista eléctrico, representante del icono contracultural por excelencia, de estilos heavy, rock y jazz, hablamos de rechazo desprecio.

No cabe duda de que para disfrutar de una noche así es imprescindible hacer un esfuerzo por “comprender“ la música. Con todo, Vai consigue mantener tensión escénica sin cantar con cercanía al público. Y si no es uno capaz de detectar la emoción en las notas quizás pueda verla en las expresiones de cara del intérprete:

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Steve Vai en Madrid 18 de julio de 2016. Foto: Javier Naranjo

Es cierto que el virtuosismo incontenible de Vai hace que su guitarra se parezca mucho al volante de Fernando Alonso (en la actuación se ven de guitarras de 7 cuerdas y bajos de 6), lo que de alguna manera ha hecho que su unión comercial con el fabricante Ibanez se parezca a la de los futbolistas con las prendas deportivas.

Además, en un concierto de Steve Vai o de Joe Satriani pasan cosas que jamás sucederían en otros escenarios: diálogos guitarra-batería, tocar acompañado de un vídeo de Satriani o Petrucci (¿Acaso hay que ser italiano?) o el mismísimo y mentor de Vai Frank Zappa, y, en definitiva, en estas actuaciones los protagonistas absolutos son los instrumentos en detrimento de la voz.

En definitiva, vuelvo a mi pregunta del comienzo. Emoción es la clave en la música. De hecho, es su activo más buscado cuando se usa en comunicación política (para más información, ver este artículo). Para la filósofa política Martha Nussbaum “las emociones no son solo el combustible que nutre la maquinaria psicológicas de un ser que razona, son piezas, muy complejas y caóticas, del propio razonamiento de ese ser” (“Emotions are not just the fuel that powers the psychological mechanism of a reasoning creature, they are parts, highly complex and messy parts, of this creature’s reasoning itself”, traducción del autor). Por si fuera poco, nos acaban de explicar que el cerebro necesita emocionarse para aprender. Todavía resuena la vibrante emoción con la que James Rhodes habla en su libro Instrumental (Blackie books, 2014) de cómo la música y un piano le salvaron la vida (literalmente). Para mí, aprendió a vivir con su pesada losa de abusos sexuales. Y de algún modo, el que se emociona aprende, luego emocionarse es una actividad intelectual.

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