En su obra “Himno” el escritor argentino Jorge Luis Borges nos recuerda que “todo el pasado vuelve como una ola”. Lo que se aplicaría a las modas en general y, en particular, a las que afectan a los músicos.

Estos días he terminado de ver la serie Borgen. Me ha hecho pensar cómo los cuarentones pasamos de Borges a Borgen, en una trasformación cultural que es algo más que un juego de palabras. El caso es que en el comienzo de uno de los últimos episodios de la aclamada serie danesa se cita a Thomas Jefferson: “prefiero los sueños del futuro que los recuerdos de la historia”. Sin ninguna dada, decir lo contrario sería anacrónico. Y esta realidad llevada a nuestro terreno musical se convierte en una necesidad e de seguro descubriendo grupos. Pero en este mundillo de la música pop vivimos, sobre todo, del pasado pretendiendo estar a la vanguardia. Reconozcámoslo, somos frikis del pasado. Y esto nos lo ha mostrado con crudeza la primera mitad de este 2016.

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Solo en los 5 primeros meses del año han fallecido numerosos músicos y artistas. La lista es, verdaderamente, impresionante: Bavid Bowie (ENLACE), Glenn Frey, Prince, Guy Clark, Keith Emerson, George Martin, Maurice White, Paul Kantner (Jefferson Airplane), Black, o John Berry (Beastie Boys). Los obituarios llenan los medios y los sollozos indisimulados de los fans atraviesan las redes sociales. Como ya dije cuando Bowie nos dejósi este asunto de la música pop-rock siguiese siendo algo contracultural o, incluso subcultural, no asistiríamos a este fenómeno”. Como en la canción de los Kinks de Ray Davies, Death of a clown, para muchos cuando muerte un artista lloran al “payaso” que nos entretiene.

Pero pensémoslo un momento: las reacciones están muy descompensadas puesto que de unos se habla mucho y se organizan discos y conciertos tributo, Facebook se llena de guiños a Bowie o Prince (como si la mitad de sus usuarios hubiera pasado de las dos canciones de Kiss FM, aunque con todo el derecho, porque nada más lejos de mí que pensar que la música pop-rock es patrimonio de una élite), mientras que del resto el silencio es ensordecedor. El arte y su repercusión se mide, por lo tanto, en su impacto mediático.

Por otra parte, como en los fenómenos demográficos, los artistas que coparon la escena musical de los años 70 y 80 están llegando ya ancianos e, inexorablemente, fallecen. El impacto de la muerte de aquellos que nos influyeron tanto cuando éramos jóvenes obliga a pensar que con ellos se va una época. Una época en la historia del rock y de la cultura de occidente y una época en la pequeña historia de nuestras vidas: la búsqueda de la identidad.

Montados en la ola de Borges hay artistas que llevan muertos mucho tiempo y ahora reviven, cosa que es aún más improbable que mantenerse en el candelero toda una carrera. Pienso en las segundas oportunidades (o sabias reinvenciones) de que gozan Johnny Cash, de la mano del prestigioso productor Rick Rubin, o la que tuvo al filo de la muerte (física, en este caso) el propio David Bowie.

Eric Clapton, otro que en su autobiografía supo explicar cómo se reinventó personalmente y de ahí musicalmente, ha realizado unas declaraciones a raíz de sus problemas de salud, afirmando que “sin duda debería haber estirado la pata hace tiempo. Por alguna razón fui agarrado de la boca del infierno y he tenido otra oportunidad“. Cuando la muerte titubea ante un icono de la guitarra que ha estado machacándose a fuerza de drogas y alcohol, según su propio testimonio, es que debe de tener buenas razones. Con todo, parece que ha quedado con una incapacidad permanente para tocar la guitarra (no creo que solicite prestación alguna, dicho sea de paso). Por cierto que, sobre la discapacidad en el rock ya escribí en este post tratando de recordar que bajo los focos no todo es luminoso, sobre todo porque no todos tenemos esa segunda oportunidad. Y, mucho menos, no todos sabemos aprovecharla.

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La muerte es un fastidio, hay que reconocerlo. Pero si algo nos enseña la lista de “payasos” muertos en lo que va de 2016 es que el deceso de una rockero célebre puede ser un filón para sus biógrafos, sus fans y, sobre todo, para sus herederos.

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