Ya he hablado en este blog otras veces del enfoque empresarial del pop-rock. Teniendo en cuenta que el negocio musical trasciende lo meramente cultural en el contexto de la crisis de la industria predominante hasta ahora, esta recurre a estrategias que ayuden a conquistar nuevos mercados. Una de ellas es la de los duetos, colaboraciones no naturales o entre lenguajes musicales bien distintos. Y hay literalmente miles de ejemplos que nos sugieren que los artistas, grupos y solistas, se gestionan por la industria como cualquier empresa mediante alianzas, joint ventures y fusiones frías.

Una simple búsqueda en internet muestra enseguida multitud de ejemplos clásicos o surrealistas, pero lo que no he encontrado es una explicación de sus motivos.

withPaulPara la revista Billboard el dueto más importante de todos los tiempos (hasta 2011) fue “Endless Love” de Diana Ross y Lionel Ritchie en 1981. Pero me inclino más por el dos monstruos de dos orillas del pop: Paul McCartney y Stevie Wonder con “Evony & Ivory” (ébano y marfil) en 1982. La imagen del blanco y el negro que colaboran es perfecta como la metáfora del mensaje de este post: dos mundos distintos que se unen para formar un todo de enorme atractivo cultural. Es el viejo mestizaje americano o simplemente la idea de que la mezcla produce un resultado más atractivo. Y ahí es donde entra el entretenimiento, o digamos la cultura travestido de consumo.

En mi opinión, habría dos posibles causas para los duetos musicales, incluyendo otras colaboraciones más breves: por un lado, la pura diversión de los artistas, que reúne sobre un escenario cantantes antagónicos, aparentemente. A menudo esto sucede por causas benéficas. Un buen ejemplo podría ser el que protagonizaron Bruce Springsteen y Lady Gaga:

y por otro, el objetivo comercial. La necesidad de ampliar los mercados respectivos sería la forma más eficaz de promocionarse. Aquí el mestizaje puede darse casi exclusivamente entre dos estilos musicales y entre dos generaciones de artistas. Pero en ambos casos la finalidad es mejorar la presencia mediática y comercial de los miembros del dueto en el mercado respectivo. Así, por ejemplo, un artista soul o de música negra que graba con otro rock o más AOR, como en el caso de Phil Collins con Philip Bailey en “Easy lover”; o en otros estilos, Enrique Morente y Pat Metheny en “Generalife” (contribución de @lokomiusik). Con esta modalidad se lograría el conocido “crossover” de estilos. Buen ejemplo lo encontramos en la colaboración The Corrs con Alejadro Sanz o Rihanna y Shakira, claros exponentes de la expansión latina y anglosajona cruzada:

En el segundo caso, un cantante de una generación clásica (de a partir de los 70, pongamos por caso), se reúne con otro novel. Aquí lo interesante es que los públicos que han seguido la trayectoria del primero a través de los decenios conocen nuevas propuestas musicales (y comerciales) de artistas más jóvenes. Y al revés. Es el caso de Paul Anka y Michael Bublé de 2013. Además, en este modelo de colaboración destaca la característica de que puede combinarse con el primero: dos lenguajes musicales de dos generaciones distintas. Un buen (y popular) caso fue el de Paco de Lucía y Bryan Adams con “Have you ever really…” de 1995, antifaz incluido:

Sentado lo anterior, hay que distinguir entre los conciertos ocasiones y las grabaciones y edición de singles. en los primeros casos predominará la explicación de entrenamiento y en la segunda la comercial. En todo caso, por amor al arte, en raras ocasiones el mestizaje no es creativo, innovador o sugerente. Pero ahora me interesaría saber si es también lucrativo rentable comercialmente. Por supuesto, un estudio más serio que este mero post requeriría de un análisis de las ventas cruzadas que le dé un mínimo soporte cuantitativo.

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