Fútbol, política e… internet. Son las tres cosas de las que hoy en día todo el mundo habla sin tapujos en las terrazas de agosto. Y bien está. De fútbol no hablo (ya lo hacen enjambres de periodistas en los medios). Y de política tampoco (se acerca a mi trabajo y además ya se ve que mucha gente (tertulianos o parroquianos) habla a humo de pajas con pasmosa facilidad. Y aun con eso, mucho mejor que así sea que lo contrario.

For millions of years mankind lived just like the animals
Then something happened which unleashed the power of our imagination:
We learned to talk.

Hoy quiero contribuir a ese “keep talking” que diría Pink Floyd en aquel disco de regreso en 1992 “The division bell”. Y es que de mayor aspiro a ser todo un influencer. En general se ve internet como el gran democratizador de las ideas y las formas de expresión, contribuyendo de forma impagable a la conversación sobre política, por cierto. Sin duda cualquiera (yo mismo) arrojamos gratuitamente a la blogosfera nuestras palabras. Pero para algunos no es, ni mucho menos así: Mendelson (en “Social media is bullshit”, 2012) afirma que los principales perecen a una oligarquía de grandes empresas (pág. 22).

Soy usuario de Instagram. Allí cuelgo las fotos y vídeos personales que me parecen más artísticas. Esa red social, a su vez conectada con las demás redes sociales, está tomada por los ahora denominados influencers, los referentes de toda la vida, vaya. También llamados bloggers, son modelos y actores jóvenes y atractivos que publican sin parar imágenes que contienen alguna marca comercial. Productos de cosmética, moda, complementos, tecnología, ropa deportiva, etc, cualquier cosa.

En realidad todo esto se puede extrapolar a la cultura en general. La edición de libros, dominada por un puñado de grandes editoriales; la música, de la que tanto hablo en este blog, apenas dirigida por cuatro discográficas… Con los canales de distribución (los medios de comunicación), pasa otro tanto. En suma, la cultura, las ideas y las tendencias estarían dirigidas por una oligarquía con estrechos lazos financieros. Es normal, en una economía de mercado global. Normal porque para llegar a tantos consumidores se precisa mucho músculo financiero y largas arterias de distribución. Internet ha venido a provocar cambios, sobre todo en la difusión de formatos electrónicos y su ubicuidad. Pero, una vez más, las grandes empresas están sabiendo situarse detrás.

Sigue habiendo foros libres y perfectamente autónomos, sin retribución de ninguna marca y en la que se expresan ideas, mejores o peores, pero libérrimas. Como este blog.

En definitiva, algún mecanismo nos reconforta saber que todos disfrutamos con los mismos productos culturales, que una generalidad compartimos sus códigos y mensajes y que, en definitiva, compartimos una identidad. Aunque sea basada en influencers. De hecho, a los que se apartan de esa identidad, pronto les calificamos como esnobs.

Acabo con lo que decía al principio: ¿es internet un gran ágora democrático? ¿O es, más bien, un gran mercado persa? Seguramente sea ambas cosas, como todas las creaciones humanas desde el ying y el yang. Aunque en este punto haya que temer ya el “internet de las cosas”: magna interconexión de los aparatos que no descartemos que acaben desconectando a las personas. O volvamos a “vivir como los animales”, como reza la canción de Pink Floyd en la voz de un gran humano, Stephen Hawking.

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