La muerte de Nelson Mandela ha provocado que muchos nos apresuremos a recordar su indiscutible importancia política y social. Pero,
sobre todo, está la personalización de la reconciliación, esa gran virtud que todos reconocemos. Verdaderamente estamos necesitados de hombres ejemplares que exhiban una virtud pública sólida y un liderazgo claro. Pero, ¿en qué escenario se desempeña hoy ese papel? ¿Es el mismo en el que antaño los líderes desplegaban virtudes clásicas, incluso elitistas? ¿O se ha vulgarizado, llegando a lo “pop”? Y, es más, debe un líder actual ser “vulgar” para ser relevante?

Coinciden en el tiempo la publicación de libros sobre el modelo de activismo de Bono (“En el nombre del poder” de Browne o “Bono’s Politics: The Future of Celebrity Political Activism” de Jackson), el I Encuentro sobre Canciones Políticas y, sobre todo, la ya mencionada muerte de Nelson Mandela, además del 50 aniversario de la de JFK. Todo esto, adecuadamente analizado, pone de manifiesto que el liderazgo político, como decía en un post anterior en este blog, está cambiando o se nutre de valores distintos de los anteriores. El filósofo español Javier Gomá nos puede ayudar con el concepto de “vulgaridad” “entendida como una ruptura entre la cultura de élite y la cultura popular o folklórica”, que “es el resultado del matrimonio entre el igualitarismo, que supone el fin de la jerarquía, y la liberación, que implica la exaltación de la espontaneidad, y esta es una categoría cultural, exclusiva del siglo XX” (entrevista con motivo de su libro “Ejemplaridad pública”). Es ahí donde estaría surgiendo un nuevo tipo de liderazgo político.

Puede que estemos ante una mera coincidencia en el tiempo, pero me atrae la idea de que esté fraguando la hipótesis de que el momento ha llegado para la generación que ha crecido escuchando pop-rock (y viendo series de televisión, y yendo al cine, grandes acontecimientos deportivos, etc). Quizás sea una cohorte social de clases medias globalizadas y, por ende, estandarizadas en un americanismo tirando a mediocre. Pero lo que es ahora relevante es que sería la predominante en occidente.

Para estos la cultura popular de masas es su eje vertebrador.

Muchos de los personajes clave de nuestro tiempo son ya abiertamente “vulgares”: por solo citar dos: Steve Jobs (siguiendo a biografía de Isaacson) y Obama (en su autobiografía). Y lo relevante es que son idénticos al público al que se dirigen. Y aunque en el caso de Mandela él mismo no pertenezca a esa cohorte, los valores que defendía han servicio de confluencia entre generaciones: la suya a la que ha tocado vivir tragedias como el apartheid, y la de los rockeros que se le unieron que quizás defendían con su popularidad unos principios democráticos que disfrutaron desde el final de la II Guerra Mundial.

Para estos líderes políticos posteriores a los 80, la cultura popular es el vehículo necesario para llegar eficazmente (comunicación política) a las masas de electores. Y de ahí las voces unidas contra causas justas. Una actitud de denuncia, como el ejemplo reciamente usado de Sun City de Little Steven (guitarrista de la E Street Band de Bruce Springsteen) para los Artistas Unidos contra el Apartheid:

o el célebre We are the world:

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