Extracto de “canciones políticas” de próxima aparición.

Desde los tiempos de Platón y Aristóteles, la música desempeña un papel social. Hay que esperar hasta Rousseau para encontrar una nueva referencia de la música como modo de plasmar y evocar identidades colectivas, como describe Street en su obra “Music and politics” (Polity Press 2012).

Desde los años 60 no era infrecuente que los discos se escucharan por varias personas a la vez. Los vinilos eran algo preciado y se compartían, como los libros. Pero si bien leer un libro es una experiencia individual, escuchar los llegados de EEUU y que alguien del barrio había comprado por correo (postal, claro), propiciaba momentos memorables. Esto fue un claro precursor de un sentimiento de pertenencia a través de la socialización con los amigos, pero también el caldo de cultivo para el auge del álbum como unidad musical mínima.

Es decir, el disco permite pasar de la experiencia individual que produce el “deleite” de una canción, siguiendo a Jane Bennett (“The Enchantment of Modern Life: Attachments, Crossings, and Ethics”. Princeton University Press 2001), a la experiencia colectiva hay un paso “porque los efectos de la música son profundamente políticos y parte del proceso político porque la música (y sus letras) conectan con las ideas políticas a través de su aspecto estético y emocional”.

 

Así lo cantaba Jeff Lynne en su Electric Light Orchestra:

 

She loves that rock n roll and she plays it all night long

That’s all she ever tells me when I call her on the telephone

She says feel that jumpin beat, and git up on your feet

She says rock n roll is king

De acuerdo con Mancur Olson (“La lógica de la acción colectiva” en “Auge y decadencia de las naciones”. Ariel 1986) podemos inferir que un grupo de aficionados a una canción política, vistos como un grupo heterogéneo de individuos sin conexión, encuentra un “incentivo colectivo positivo” en ella por dos motivos: uno estético, el más frecuente como el “gusto” al que se refería J. S. Mill y, por lo tanto, sobre el que se ejerce una “libertad”. Y dos, ético, elemento peculiarmente característico de una canción política. El compromiso que aporta su contenido se traduce en un deber moral (ético) con la sociedad. Y ese incentivo colectivo se pasma por vías comunicacionales (persuasión) y con fines políticos para lograr una influencia en el poder (el sistema político) para que satisfaga el objetivo de su acción colectiva.

Para volver a encontrar una experiencia colectiva de la música popular hay que recurrir al concierto, sea este en el garaje de un amigo o en un estadio de futbol. En realidad, así nació la música popular: para ser interpretada delante de un público. Su grabación y posterior reproducción ilimitada es lo que la convirtió en una experiencia individual. Y, por supuesto, también la irrupción de la radio. Ambos fenómenos influyeron en el posterior predominio de la canción como unidad musical mínima, en detrimento del álbum.

En este caso, la experiencia colectiva del pop-rock queda muy bien retratada en la novela de Caryn Rose “B-sides and broken hearts”.

 

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