Un post es como una cápsula. Tiene que tener la información precisa. Ni un gramo más ni un gramo menos.

El post que intento escribir parece fácil. Su ingrediente fundamental se identifica fácilmente en forma de hipótesis: los turismos son a la música lo que lo que un teatro para una obra dramática, lo que un parlamento para un orador, lo que un barrio para un ratero.

Ahora bien, cómo lograr que esta cápsula sea eficaz.

Desde mediados del siglo XX occidental han coincidido dos de los fenómenos sociales más importantes: la popularización entre las clases medias tanto de los coches, de los utilitarios para los desplazamientos de las familias, como de la música popular (pop y pop-rock).

La historia económica señala, a grandes rasgos, que primero el fordismo se unió al consumo de masas financiado a plazos. Eso permitió, con ánimo de estimular la economía desde los años 30, pero sobre todo después de la segunda guerra mundial, la generalización de electrodomésticos, coches y casas. Ese fenómeno creó las clases medias que se definían porque podían acceder a esos bienes de consumo gracias al crédito. Y este hecho se unió a las vacaciones pagadas y los viajes a la playa.

Pero también se definían por otra novedad: su acceso a la cultura de masas. El cine de Hollywood, el teatro y los musicales de Broadway o Londres, son buenos ejemplos.

Pero si desde los 60 y, sobre todo, los 70 y 80 del siglo pasado se produce una explosión de la música pop-rock, afirmo que fue en coalición con los coches.

En los 70 la radio y los vinilos. En los 80 los radio-cassettes. En los 90 el CD. En los 2000 el mp3 y vuelta a los vinilos. Y ahora el streaming desde la nube.

Todos ellos son soportes que han ido acompañando a los conductores que por millones recorren eternamente el asfalto. Y lo hacen solos o en compañía de amigos o familiares. Por trabajo o por placer. A destinos diarios o esporádicos. En coches sencillos y humildes o en últimos modelos. Sea como fuere, el vehículo privado se ha convertido en un reducto de intimidad con ruedas. Donde uno escucha la música (y la radio de hablar) que quiere con absoluta libertad. Es el tocadiscos privado perfecto. Lo que una barriada para un ratero.

Me centro ahora en ese “tocadiscos” en versión familiar. Los que crecimos en los decenios posteriores a los 70 hemos ido de vacaciones familiares a las playas (de España) escuchando la música favorita que nuestros padres ponían en el coche. Y es ahí, en ese lapso de tiempo más o menos largo, pero intensamente crucial para la socialización musical del individuo donde se forja la cultura musical.

Es decir, estoy tratando de afirmar que el coche es el lugar más eficaz de transmisión de la cultura musical de la sociedad. Sea esta cultura del tipo que sea. Para unos el flamenco de camarón, para otros los estándares de julio Iglesias… eso da igual ahora. En casa cada uno tiene su habitación. En el coche vamos todos juntos en 3 m2 durante 2, 3, 4 o 5 horas. Los hijos miran por la ventanilla mientras suena “show me the way” de Peter Frampton (era mi caso). Y si estás leyendo esto es que tú también llegaste sano y salvo de accidentes de tráfico.

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