Sala La Riviera, Madrid, 8 de diciembre de 2012.

Llevo años dando conciertos, pero sigo nervioso como la primera vez. Acostumbro a mirar a hurtadillas al público que ya espera. Veo mucha gente con barba, parejas también heteros, media de edad 40 – 50 años. Desde luego todos tienen pinta de esforzarse por ser inteligentes, de ser amantes de la buena música. Esta noche no se han equivocado. Distingo también a algún famoso: Javier Cámara, aquel actor magistral en una de Almodóvar. O esa chica pelirroja tan simpatía que salía en Camera Café.

Creo que nunca hemos tocado en la Riviera de Madrid. Sus simpáticas palemeritas de en medio de la sala me tranquilizan, evocando playas en las que he podido ser anónimo con Jorn. Pero sé que aquí han triunfado The Pretenders (¡mi admirada Chrissie!), Keane (con quienes giré en su día y ahora llenan pabellones), Mika (que tío más majo) o James Taylor (palabras mayores). Al menos, Lady Gaga no ha pisado este camerino.

Cierro los ojos para tratar de concentrarme. Pienso en Viva y los planes de futuro que supone ser padre. Recuerdo un concierto en la sala Apolo de Barcelona en 2005, se acababa de aprobar la ley de matrimonio homosexual en este país, por entonces pionero, hoy ya felizmente consolidado. Qué admirable pasión latina fluye por los gobernantes de este país.

Miro de reojo el repertorio: dos partes bien diferenciadas: la música y la comedia. El pop y la opereta.

Candles

la foto3

Rashida

Barbara

April Fools

The One You Love

Grey Gardens

Saratoga Summer Song

(Kate McGarrigle cover) (Performed by Teddy Thompson)

I Don’t Know

(Kate McGarrigle cover) (Performed by Krystle Warren)

Respectable Dive

Cigarettes and Chocolate Milk

Out Of The Game

Jericho

Perfect Man

Sometimes you need

One Man Guy

(Loudon Wainwright III cover)

Everybody Knows

(Leonard Cohen cover) (with Adam Cohen)

The Art Teacher

Going to a Town

Montauk

14th Street

;

Bises:

Old Whore’s Diet

Bitter Tears

Gay Messiah

La verdad es que esta noche se prevé escasa innovación en el setlist, para desilusión de groupies. Salvo por una canción añadida, será idéntico al concierto de Dinamarca del otro día. Ah, Dinamarca, donde “huele a podrido”, recordando al Hamlet de Shakespeare, cuyos sonetos versioné, como Serrat a Miguel Hernández.

Debo relajarme, estoy desvariando. Vuelvo a mirar al público que ya casi llena la sala. Cada público es distinto, pero es igual al mismo tiempo. Solemos decir que los españoles son más ardientes que los anglosajones. Pero yo creo que, hoy por hoy, predominan las referencias culturales comunes de la globalización. Estoy tan harto de ti, América!

En ese momento entra Teddy Thomson en el camerino. Con su cara de ángel rubio y su sonrisa me dice que ya es la hora. Y recuerdo mis propias palabras: en este negocio hay que ser de piedra.

I tried to do all that I can

But the churches have run out of candles

I tried to give you all I own

But the bankers have run out of loaners

Comenzar cantando candles a capella, en una oscuridad solo rota por un leve humo de escenario, por fin me relaja. Adoro escuchar cómo los primeros versos resuenan por la sala mientras el público comienza a sentirlo. Ja, sobre todo lo de los banqueros aquí. Candles es una canción tan íntima, sobre la carencia de velas en aquella iglesia pobre de de la calle 23 Manhattan, mientras mi madre se moría, que cantarla para 2.000 personas, noche tras noche, la convierte en algo distinto, como las velas de las plegarias por los muertos.

Para esta gira escogí 7 músicos, cada uno con su micrófono y su papel bien definido. El escenario se llena de coros gospel, de música negra, que hacen que canciones como Rachida o Barbara ya no suenen tan pop como en mi último disco, Out of the Game. Quizás a mi querido Mark Ronson se le haya ido la mano con el pop. Espero que vender más discos. Como no me puedo callar nada, ya lo sabe todo el mundo. Supongo que ser padre me impulsa a querer ganar más dinero. Aunque ya es naive por mi parte en estos tiempos de crisis discográfica…

la foto2Sé que lo hago para romper la timidez, en un esfuerzo escénico por franquear la distancia entre el público y lo que he venido a ofrecer. Ese miedo al vacío nunca se va. Por eso me dirijo constantemente a la audiencia. Primero, antes de comenzar April fools, de mi disco de 1998, anuncio sarcásticamente que, ante este Estadio Shea, voy a tocar todos mis grandes éxitos. Después, cómo evitarlo, dos veces me refiero a lo mal que están las cosas en España. La primera vez, ante lo cálido que es este publico, pregunto quién puede decir que atraviesa una depresión. Y, más tarde, cuando pido con delicadeza que compren mi disco nuevo, porque sé que los momentos son duros. Desde luego, ya no me atrevo a hacer bromas con los toros o con los toreros, esa figura tan sexy desde Manolete hasta los Rivera.

Y a continuación the one you love y grey gardens, dos temas melódicos muy aclamados, antes de dar paso a Teddy Thomson y a Krystle Warren para que canten dos canciones de mi madre. Debo de ser el artista más democrático del mundo, pues dejo que todos los miembros de mi banda canten, bien su canción bien en partes de las mías. Y a la gente parece gustarle es “democracia artística” y se contentan con que no sea yo el que acapare todo el espectáculo por el que han pagado. El punto culminante es cuando versionamos Everybody knows de Leonard Cohen. Si te cuentan que yo canto esa canción del Premio Príncipe de Asturias de las artes 2011, no te lo creas, porque en realidad la canta su hijo Adam. Y los demás también entonamos un trocito. Pero es que Adam es el hijo de Leonard y de la mítica Suzanne, con esa voz tan Cohen. Y es el tío de mi hija Viva. En fin, un culebrón gafapasta.

Ah, por cierto, también debo de ser el artista más familiar del pop rock, si exceptuamos a padres e hijos como los Dylan, que tampoco se llevan de maravilla. Venir a verme a mí es venir a ver a toda mi familia. Somos como una familia de circo, en la que cada uno tiene su papel. Martha siempre está presente, y en el repertorio caben canciones de mi padre, ese tipo con un vaso de escocés en la mano, y de mi madre, esa mujer sensible y francófona que no soportaba que fuera gay. Es lo que tiene heredar sus derechos de autor.

Así que, de nuevo en el camerino, mientras Krystle, con su voz negra y profunda y sus gestos dramáticos, sentencia

Love is like a bullet in a gun

Aimed at your heart

Más tarde continuamos con la parte más pop del espectáculo: cigarrets and chocolate milk, out of the game, jericho o perfect man, que parece que llevan en mi setlist toda la vida. Me suenan homogéneas con el resto de canciones ya imprescindibles en cualquier concierto mío, como going to a town. Una vez una fan me dijo que solo por escuchar a un canadiense como yo decir que no soporta ya más a Estados Unidos (im so tired of America), ya merece la pena acudir a uno de mis conciertos. Esto me recuerda a la fan de esta mañana. Cuando llegamos había una chica esperándonos a la puerta de la Riviera. Sí, mírala, ¡es esa de ahí! Delante de todo el público le doy las gracias por no ponerse como una loca ni perseguirme al bajar del autobús.

Con the art teacher me pongo en plan cultureta, citando a Sargent, Rubens, Turner y al Museo Metropolitano de Nueva York. Y con 14h street llevo años culminando la primera parte del repertorio. Se acaba la música.

Comienza la opereta. Recupero para mi directo la vieja idea de organizar una obra de teatro de fin de curso. Un Cupido fornido introduce la escena: Rufus Apolo, “dios del amor y de todas las cosas gays”, debe ser invocado. Acuden a la ceremonia algunos músicos disfrazados para la ocasión, mientras suena Old whores diet. Por tercera vez en el camerino, termino de desnudarme y de ponerme la peluca rubia, tratando de contener la risa y la emoción, una noche más. Cantando bitter tears, seguido de Cupido, aparezco entre el público. Veo la sorpresa y la diversión en sus caras. Cupido aprovecha para levantar en volandas a Marta Belenguer, la de Camera café, que no se lo esperaba, pero que debió de flipar. Es la fuerza de la fiesta más cachonda del mundo.

De nuevo en el escenario, acompañado de una docena de gente del público, un rayo de atrezzo curte como él solo, nos mata. Estamos todos muertos, ¡al suelo! Y bajo la imagen de un bocadillo surrealista, canto e invoco, entre risas, al Mesías Gay. Es el grand finale que perseguimos. En todo lo alto de la comedia, la música ya no importa. Veo a Teddy, tímido, pero divertido, y a Shariff, vestido de brujo. ¡Amo este espectáculo! Amo el pop. Adoro ser original.

En fin, de momento soy solo un músico pop, pero de mayor me veo escribiendo óperas, esa religión, como he confesado ya en alguna ocasión. Ese romanticismo á la Berlioz. El público adora a la prima dona, pero a quien admira es al compositor, al maestro. Ya me veo de viejo saliendo al teatro a recibir el aplauso gentil y entusiasta de mi público.

la fotoAhora, ya tumbado en la cama del autobús, me da por revivir todo el concierto. Ha salido bien, diría. La gente se ha ido contenta de ver algo distinto. Habrá quien diga que en esta gira he querido darle color a mi vida, pero lo cierto es que quien haya estado en mis conciertos de hace 6 o 7 años sabía de mi afición por la opereta.

Es en estos momentos, de camino al próximo concierto en París, rememoro parte de un artículo un poco subido de tono sobre mi carrera que leí en un blog:

[] Y, precisamente, esa inutilidad se convierte en algo incomprensible si además no vendes muchos discos. Mucha gente te respeta y adora tu trabajo, pero Rufus no ha vendido más discos que la mayoría de los artistas que nos gustan. Sin embargo, ha vendido más discos y entradas que todos los que han fracasado.

Se trata de música privada, a pesar de que su voz profunda recuerde a Molin Rouge o Schrek. Y, en cierta medida, nada contra corriente: contra el torrente que empuja contra la lentitud que que reclamaba Kundera; contra lo complejo que, a la vez, se expresa a través de formas sencillas de la posmodernidad: los pitillos y la leche con chocolate son solo un par de mis debilidades, para qué decirlo de otra manera.

Me atrevo a decir que solo hay dos o tres conciertos que, con sin apenas publicidad, reúnen a lo más granado de las élites político-culturales madrileñas: Wilco y Wainwright. Quizás antes también Coldplay y Muse es demasiado estridente ya. Wilco, Tweedy, Rufus, Wainwright. Atraen a un público muy especial: barbas, gafas y militancias bienintencionadas. Oh, what a world!

Que Rufus es hombre de contrastes, de eso no cabe duda. Y precisamente ahí reside su clave: para lo bueno, para los muchos que admiramos su creatividad artística, y para lo malo, aquellos que en estos tiempos rechazan por transgresor el escepticismo, lo heterodoxo, la originalidad. De hecho, Wainwright podría definir la heterodoxia, al menos, por los siguientes aspectos:

Como buen montrealés, canta en inglés y en francés (coeure de parisienne). Adora Barcelona (canción incluida), pero en esta gira europea de 2012 solo visita Madrid y San Sebastian. Pero donde realmente ha forjado su carrera en Europa es París (canciones incluidas). Es muy familiar, a juzgar por el protagonismo de su hermana Martha en todos sus discos (canción incluida), el que le dedica monográficamente a su difunta madre y la omnipresencia de su padre. Pero, al mismo tiempo es un defensor militante del matrimonio homosexual, hija incluida con Lorca Cohen, hija de Leonard.

Es la valentía de componer discos pop, una opera (prima dona de 2009), un homenaje a Judy Garland, o un disco cargado de complejo de Edipo, solo con su voz y un piano. Es el contraste omnipresente de la melancolía con la alegría gay, valga la redundancia. Es la apoteosis de una sonata o de Bach, o de cómo combinar el bolero de Ravel con la frivolidad de una imagen de hombres leyendo revistas de moda. Barcelona con Verdi. Bach, pero también Elton John. Es como una novela de Ken Follet y de Sartre al mismo tiempo con una voz irrepetible, profunda y emocionante. Es el nuevo Lorca de la Barraca.

Sigue la estela de cantautores, varones solitarios con sus aflicciones, empezando por su padre Loundon. Un lenguaje urbano y de inspiración cinematográfica. Según Discovr Music, Rufus entronca con Jeff Buckley (obvio), Ron Sexsmith (previsible), Antony and the Johnsons (bingo), Ben Folds (no lo veo), Josh Rouse (tampoco lo veo, demasiado Americana music) y Ed Harcourt (vale). Todos rondan sensibilidades de vanguardia, son buenos representantes de delicatessen musical no aptos para sábados festivos, quizás más propios de domingos de otoño. Pero en mi opinión esto demuestra dos cosas: que Discovr falla más que una escopeta de feria y, sobre todo, que Rufus, por puro contraste, es mucho más complejo que sus parientes musicales.

Por eso, sobre todo Rufus recorre el mismo camino que Ryan Adams y del Lloyd Cole posterior a 1992. El mismo camino que recorrieron Tom Waits, Nick Cave y Jeff Buckley. Y que emprenden más recientemente The Civil Wars, Matt Nathanson, Howie Day o Cityzen Cope, cada uno con unos matices que los alejan y lo acercan de esa corriente que el periodismo convencional llama pop barroco, en un alarde de originalidad. Pero para eso existe este blog, precisamente.

Es curioso, los críticos que destrozaron mi ópera Prima Dona, adoran lo que soy. Les encandila lo diferente de mi propuesta, pienso mientras apago la luz, ¡Oh, qué mundo!:

Still I think I’m doin’ fine

Wouldn’t it be a lovely headline

Life is Beautiful on a New York Times

Men reading fashion magazines

Oh what a world

It seems we live in

Straight man

Oh what a world

We live in

(lista Spotfy de rufus imprescindible

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