Últimamente estoy un poco impresionado. No tanto por el hecho en sí mismo que ahora describiré, sino con lo que descubro que no descubrí entonces. Pasión, emoción, creatividad. Verdad.

En 1993 salió uno de los discos que marcaron mi vida, un gran éxito de ventas gracias a Mr. Jones que contenía 1o canciones más inmejorables: melodías, instrumentos, voz, y temas inmarcesibles: august and everything after de Counting Crowes.

20 años después he seguido escuchándolo con frecuencia y haciendo harmonías y coros, y voces en el coche conduciendo de día y de noche.

Y hoy, vagabundeando en spotify combinado con youtube, descubro esta versión de una de las canciones más profundas de ese disco capitaneado por Adam Duritz: Anna Beigns

Comprada con la versión grabada en estudio es bastante diferente, pero ambas versiones conservan la esencia melancólica y la calidad musical y lírica.

Es agradable seguir sorprendiéndose del trabajo artístico de músicos que has admirado y disfrutado al mismo tiempo.

Pero lo que descubro es que eso tiene un significado: han enlatado la música. Ya sabíamos que los estudios conservaban bien las grabaciones. No, me refiero al directo: las bandas actuales repiten miméticamente una versión noche tras noche. Inevitablemente pierden la esencia expresiva que las dio a la luz.

Solo algunos se han atrevido a variar sus canciones hasta convertirlas en algo nuevo, siendo al tiempo lo mismo. Dire Straits lo hacía. Bruce lo hace. Counting Crows lo hacen.

Recuerdo en 1994 viéndoles en Pachá – Madrid. A los que me acompañaban no les gustó nada que Duritz cambiara la forma de cantarlas, otras melodías, otras letras sobre el escenario.

A mí entonces me parecía tan osado como interesante. Ahora descubro que es porque había (y hay) creatividad y verdad. En los estudios se llama “que te lo sabes”: cuando opositaba y “cantaba” los temas, no necesitaba memorizar cada una de las frases que decía en el cuarto de hora de cada tema. Siempre decía lo mismo, pero seguía el guión con palabras distintas cada vez. Me lo sabía, y aprobé.

Eso debe de ser la música, y no lo que en buena medida es hoy: un producto mercantil enlatado. La música se nutre de  canciones, unidades de medida sentimental, que todos atesoramos desde que las escuchamos por primera vez, como el primer beso.

Para celebrarlo, esta versión de Bent que acaba con Anna, de Matt Nathanson:

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