Esta noche estoy de lo más insólito: estoy escuchando un CD, de los años 70, en un equipo de alta fidelidad, solo en mi habitación, sin niños en casa. Encima, es un viejo Technics que acabo de reparar en un “técnico” que no pertenece a ninguna multinacional y que me lo ha dejado apestando a tabaco, pues fuma en su destartalado taller sin parar.

Mientras suena The thin ice y van cayendo las joyas de The Wall, me doy cuenta de que esto merece la pena ponerse por escrito. No salgo de mi asombro, pero es más asombroso ponerlo en negativo, atentos: no estoy escuchando un MP3 que no me acabo de bajar de lo último, pongamos por ejemplo, de lady gaga; no estoy usando una base para el ipod, no estoy en el salón ni peleo con los niños para que hagan deberes o se vayan a la cama. No es una base del ipod, de esas de usar y tirar cuando da el primer fallo, Technics no es Apple y llevo meses sin estar cerca de gente fumando en espacios cerrados gracias a la ley.

Definitivamente, mi mundo, al menos hoy, no es de este mundo. Es, una vez más una prueba de que encontramos inesperadamente agujeros espacio/temporales en nuestros humildes presentes. Y qué decir de la osadía de escuchar un doble CD de un único autor con 26 canciones del tirón…

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