Whether playing with the E Street Band, or wailing on Aretha’s “Freeway of Love” […], The Big Man was one of a kind, and Bruce will have a hard, if not impossible time, replacing him“. (Branford Marsalis, saxophonist, composer, and educator)

Cuando llegué a la audición Bruce y los demás afinaban ya sus instrumentos. Estaban esperándome en su local de ensayo en New Jersey. Reconozco que estaba muy nervioso, a pesar de que he tocado en multitud de bandas en mi carrera. Aún así pude notar que ellos estaban abatidos, y sobre todo noté en la cara blanca y envejecida de Gary Tallent que sabían desde el principio que Clarence jamás sería sustituido verdaderamente. Pero todavía hay mucha música que tocar, mucha gente a la que transformar ahí fuera y la E-Street Band no para.

Así que saqué el saxo sin muchas ganas ya, deseando largarme de allí, cuando Bruce me tocó en el hombro:

– Hey, qué bueno verte por aquí. Gracias por venir! ¿Has pillado mucho atasco en el Jersey Turnpike? – con la edad su acento cerrado se hacía mas cálido.

No me dio tiempo a contestar cuando los demás me rodearon para saludarme amistosamente. Roy Bittan, con ese aire de profesor del MIT que se da, me estrechó la mano con una sonrisa.

– Siento mucho la pérdida de Clarence – fue lo único que acerté a musitar. The Big Man había muerto solo hacía unas semanas, el 19 de junio.

– Sí, todos los sentimos! – dijo Steve Van Zant, con su inseparable pañuelo en la cabeza.

Enseguida Bruce terció: “para los fans ha muerto un mito, para nosotros ha muerto un amigo. Pero quiero que sepas que en esta banda no solo te vas a sentir como un músico tocando con el mejor grupo del mundo sobre un escenario, sino que notarás que la amistad y el buen rollo fluyen entre nosotros”.

La mirada cálida de Charlie Giordano, que sustituyó a Danni cuando éste murió en 2008, cobró un especial significado para mí.

Cuando empezamos a tocar Jungleland, ese himno de los 70, tan intenso que es capaz de transformarte como persona, esperaba ese solo como el primer beso. Había visto miles de veces sus actuaciones. Sabía de memoria lo que solía hacer él, siempre a la derecha del Boss. Esas miradas cómplices, como socios en un negocio que consiste en entretener a la gente desde dentro. Jamás llegaría a ese nivel de complicidad, por más emmys, grammys o discos de platino tuviera yo ya. Ahí se tocaba desde el sentimiento, forjado a fuerza de noches insuperables desde aquellas del 78 que están ya en el imaginario colectivo del rock. De pronto noté esa sonrisa negra enorme. Estaba sentado junto a mí en un taburete: “les gustas, y me gustas. Sopla fuerte desde el corazón!”

Y soplé, vaya si soplé. Lo hice por Clarence, al que jamás sustituiré. Solo ocuparé el sitio de una leyenda, el lugar de un amigo entre amigos. Descansa en paz, Big Man.

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