Nunca he sido un gran fan de Leonard Cohen. Incluso, algunos amigos me han reprochado cariñosamente que no prestara la atención que el artista canadiense se merece en este blog. Y precisamente ahora galardonan con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (ojo, no de la Música) “al poeta y novelista (ojo, no dice músico) canadiense Leonard Cohen, por una obra literaria que ha influido en tres generaciones de todo el mundo, a través de la creación de un imaginario sentimental en el que la poesía y la música se funden en un valor inalterable. El paso del tiempo, las relaciones amorosas, la tradición mística de Oriente y Occidente y la vida contada como una balada interminable configuran una obra identificada con unos momentos de cambio decisivo a finales del siglo XX y principios del XX”, según el acta del Jurado.

En el twitter español hoy es trending topic (junto con Ricky Rubio y Rocío Jurado, todo hay que decirlo…) y se pueden resumir los comentarios de la gente en dos tipos: los que claramente se muestran a favor del premio por su trayectoria de música y letras de calidad y los que no lo entienden porque es un autor “soso”. Esto último también se lo he escuchado decir con vehemencia a Carlos Herrera en la radio esta mañana.

Pues mira por donde, yo estoy de acuerdo con los dos grupos, haciendo del término medio virtud, una vez más. Encuentro grandes textos y grandes baladas en su obra, pero la veo monótona y con la única “alegría” de los loops de first we take Manhattan. Y aún así, mi alegría por la concesión del premio no viene ni por lo uno ni por lo otro.

Fernando Navarro (@fernavarro17) ha escrito en el País recientemente que “en la cultura popular, ambos (Dylan y Cohen) representan al cantautor cum-laude, al músico que sobrepasa la frontera de lo estrictamente musical para acampar con su obra en la literatura”. Es decir, no estamos hablando estrictamente de música, estamos hablando de una cultura que emplea la música popular para canalizar sus expresiones. Y además lo hace con gran acierto lírico y consiguiente formar parte de la vida de millones de personas en el mundo con innegable “impacto emocional y psíquico”, como dice Navarro, que traspasa generaciones.

Para mí eso es precisamente lo importante de este galardón: que ya no se premia únicamente  a grandes literatos alejados del público, sino a un artista polifacético que lo mismo hace un homenaje a Lorca con Morente que escribe un poemario o hace una gira de pequeños conciertos por toda España. “Su trascendencia mucho [va] más allá del hilo musical y el mero entretenimiento irrelevante y soez al que nos tienen abocados las radiofórmulas y el negocio dominado por los ejecutivos y especuladores del sonido” (Navarro). Es un artista total, próximo y con un repertorio inmenso. Pero, insisto, a mí no me gusta demasiado, aunque reconozco su talento y me identifico con el premio que aplaudo por la dirección que toma.

 

 

 

 

 

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