Me gusta llevar las gafas impecables. Es la única manera de que sirvan para ver bien sino que para que los que te vean vean a alguien impecable. Eso y tener la cabeza bien amueblada. Pero eso es mucho más difícil que pasar una gamuza por las lentes.

Quizás por eso una mañana, con el dedo sobre el “on” del transistor del baño, volví a levantarlo y me dije: ya no voy a escuchar más los medios de comunicación. Nada de radio, tampoco televisión ni prensa. Aunque sea de esta gratuita que te encuentras en el asiento del metro. Nada.

Era una especie de experimento, tanto tiempo quejándome de los periodistas. A lo mejor salía en la prensa. Qué paradoja: “un hombre pasa lo que le queda de vida sin prestar atención a los medios”. No, no confundir con el dueño de Zara. Además ellos lo titularían mejor así: “un tipo ignora la realidad”. Por eso, por esa soberbia, y por la inmundicia de sus contenidos, y el abuso de los sucesos y del fútbol, paso de ellos. Las mentiras y medias verdades eran ya lo de menos.

 We’re sick of being jerked around. Estamos hartos de que nos tomen el pelo

Wear that on your sleeve. Póntelo en la solapa

Al principio era difícil no tropezar con “información”, pero una vez conoces sus rutinas (a las horas en punta, en la franja de 20 a 24h, por la mañana) es más fácil. Huía de los mass media como el religioso del pecado, como el gato del agua.

Para rellenar mis tiempos de ocio, escuchaba más música, leía más novelas (más ficción por favor), aunque pronto empecé a notar que se referían a realidades (de nuevo una paradoja) que no conocía. Esa ligera inquietud fue, en todo caso, menor que el bienestar que a las dos semanas de “abstinencia” empecé a sentir: mis niveles de estrés bajaron considerablemente, mi cultura creció, mis habilidades sociales (descontando los hechos demasiado pegados a la realidad) mejoraron, sobre todo porque lo anterior fue paulatinamente reemplazado por un mayor interés por la persona que tenía delante y su realidad. Y, quizás lo más notorio, tenía más dinero como consecuencia de mi menor (nula?) exposición al mercado y al impulso consumista. No me faltaba de nada, pero no me sobraba casi todo, como antes.

Incluso escribí un libro, 500 artículos y compuse dos óperas en alemán, tal era mi nueva capacidad creativa. No tuve hijos, aunque sí intenté plantar un tomatero en el parque del barrio. Fue ahí, cuando me detuvo la policía local. Aparecieron montados en su bici de montaña (ni que Madrid fuera un Parque Nacional) y me trajeron aquí. Por cierto, ¿por qué pone “psiquiatra” en su puerta?

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