Nuestras ciudades están llenas de cosas que ya casi ya no sirven para nada. No me refiero ahora a las cabinas de teléfono, los agentes de movilidad o las oficinas inmobiliarias. Todos ellos conviven con los de toda la vida: bancos, vagos y maleantes, pelleros, taxistas, chaperos y putas. Y eso que ahora llegan otros “mobiliarios” nuevos: parquímetros, enchufes para coches, y vaya usted a saber.

No, me refiero a otras coas quizás más invisibles. Por su propia inercia las ciudades crean zonas inservibles para muchos a las que otros saben sacarle provecho. Es el caso de las fachadas de locales abandonados.

En la era de la comunicación digital, en la que hasta los políticos solo pegan carteles de manera simbólica, late una batalla que la ciudad ignora. Cartel sobre cartel, cola sobre cola, cada dos horas los resquicios de las calles cambian de piel. Conozco sitios así en Madrid en la Carrera de San Jerónimo, en Cedaceros, en Atocha 28,

cedaceros

Ya nadie se fija, pero si un día tienes que esperar a cruzar más de la cuenta podrás verlo. Los espectáculos y conciertos se anuncian aún con vistosos carteles, como las asistentas en las farolas para planchar tus camisas o limpiarle el culo a tus hijos. Un papel pegado y dedos cruzados.

Los carteles de los espectáculos buscan crear ambiente. Aunque estén todas las entradas vendidas, la gloria está en la calle. Pero la gloria se la quieren trajinar todos.

carrera de san jerónimo

En el caso de Muse, sus carteles anunciando el concierto del 16 de junio en el Calderón, he observado que no duran ni dos horas. Pegan nuevos carteles vez tras vez, es una metáfora de la caducidad de todo lo que tenemos. Hasta nuestros sentimientos caducan, como si pegaran carteles del concierto de Spandau Ballet (como si los nuevos románticos nunca murieran) o de la Shica sobre las cosas que te gustaban. Me gusta Muse, no, ahora el espectáculo flamenco, o espera, mejor, cantajeugos. La guerra genera confusión.

Anuncios