Su oficina presumía de ser “sin papeles”. A otros les parecería una ilegalidad intolerable, una ofensa a los derechos de ciudadanía, pero a ellos les enorgullecía no tener más papel sobre la mesa que los discursos de Obama en inglés (convenientemente subrayaditos) o que el clásico escritorio ya solo fuera una pieza ornamental, pues tampoco escribían más que rápidas notas en un bloc electrónico. Así se podía resumir, años más tarde, el fruto de la crisis económica que entre los años 2008 y 2013 azotó a las administraciones públicas.

Muchos lo vieron como algo positivo: los funcionarios perdieron sus privilegios de fijeza en el empleo, sus sueldos se bajaron un 50% (ya estaba bien de robar a los contribuyentesa, ver si es verdad eso de la vocación pública) y su trabajo tuvo que hacerse más eficiente y ágil. Quien a hierro mata a hierro muere.

Vale que la crisis la resolvió el sector público, pero ya que el Pisuerga pasaba por Valladolid, tras siglos de un Estatuto decimonónico, a esa ralea se la ponía en su sitio. Los servicios públicos ya no existen como tales, solo concursos, licitaciones y privatización, mejor para el mercado. El mercado ha tomado nota: no nos volverá a pasar lo de las subprime y aquellos viejos desmanes.

En fin, en aquella oficina en la que en tiempos fluían las decisiones y los textos mejoraban antes de saltar a las páginas del BOE, ahora documento que llegaba, documento que se escaneaba. Cada usuario de la digitalización tuviera su carpeta en la unidad de red común. Luego cada uno usaba esos pdfs y docs para hacer su trabajo.

El amor era lo único que no había conseguido cambiarse. Ciertamente entorpecía la agilidad que se deseaba, pero reconocemos que era imposible combatir, al final, contra el ser humano. Por eso P. estaba tan alicaído. En las reuniones, cada uno con su ipad en la mano tomando notas, la miraba en el reflejo de la pantalla tft. Se desconoce si M. lo sabía. 

Esta pequeña historia solo sabe que P. decidió pasar a la ataque. Después de firmar digitalmente la solicitud, consiguió 5 folios. Dibujó 5 corazones y esbozó palabras de amor que había imaginado que a ella le gustarían para conocer su inconfesable sentimiento. Se dirigió a las maquinas multifunción (ya no tenían impresoras personales en sus despachos, gracias a Santa Austeridad) y las escaneó. Esta vez no eligió su carpeta. Eligió la de M. Fue a su ipad y transfirió a esa misma carpeta una ya vieja canción en mp3:

P. fue despedido por baja productividad.

I took off my clothes and I ran to the ocean Me desnudé y corrí al mar

Looking for somewhere to start anew en busca de un lugar en el que volver a empezar

And when I was drowning in that lonely water y cuando me ahogaba en las aguas solitarias

All I could think of was you solo podia pensar en ti.

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