Los móviles son las nuevas cajas de música. Gracias al individualismo posmoderno, además se pueden personalizar o, en la jerga fashion, se pueden customizar. Así, todos (bueno, menos mi amigo Chema, del otro lado de la pared) llevamos un cacharro que sirve para hablar por teléfono y mil cosas más.

Una de ellas es el timbre. Su función es avisar de una llamada entrante. A partir de ahí la customización hace que nos adentremos en todo un fenómeno sociológico: bien venido al excitante mundo de los ringtones.

Literalmente, puedes poner cualquier música o sonido de aviso: desde las Gnossiennes moderé hasta el pedo de tu gato (si tienen la pericia suficiente para aguantar pegado a su esfínter con el grabador preparado y conoces su hábitos digestivos).

Yo ahora tengo los 23 primeros segundos de “cloud 9”, de George Harrison. Ya me explicó en su día mi padre que se debe traducir como “séptimo cielo”, lo que hace casi clasista el que los muertos anglosajones se vayan al 9 y los hispanos al 7. Eso sí, no hay color entre una mera nube y el cielo. Eso es, en síntesis, lo que pienso cuando me llamas.

En fin, decía que la variedad de tonos de llamada de la gente es increíble. Desde el clásico sonido indeterminado a las melodías más chabacanas. En el de los primer grupo cabe meter a todos aquellos que recelan de su móvil y no adaptan ni personalizan sus configuraciones, con lo que se queda con las de fábrica. De eso sabes qué móvil es porque todos casi todos suenan igual. Según mis investigaciones, son mayoría estos. En los del segundo, gente movilizada con cosas que les definen. Así, si tienes Paquito el chocolatero, para mí, o te va la fiesta o eres un cachondo; si suena el último hit, que estás a la última; si tienes el berrido de tus hijos, pasas demasiado tiempo con ellos…

Pero lo que más me sorprende es que ha dejado de molestar la irrupción en cualquier reunión o circunstancia del timbre de un móvil. E incluso la gente, contesta. El dentista te deja con la boca abierta, nunca mejor dicho, si le suena el móvil (el himno de las monterías), por ejemplo. En las reuniones más formales suenan móviles o los sientes vibrar (antes la vibración se reservaba para la alcoba) con esos molestos sincopados acoples de micrófonos y altavoces. Y la gente, ¡contesta! Y al orador, ¡ya no le molesta !

En todo caso, para mucha gente una llamada es la posibilidad de charlar y como ahora sabes quién te llama, con dejarlo sonar basta.

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