Cada día paso dos veces por el mismo semáforo que refrena el tráfico que escupe la M30 que el Alcalde ha soterrado para maravilla gatuna. Cada día desde enero, como un nuevo propósito para el año, miraba oculto tras el casco y las gafas de sol, a la misma mujer pedir limosna.

Debía de ser del este de Europa y de tener más de 50 años. Pero con la gente de vida dura, nunca se sabe (you can tell from the lines on her face). Podría fantasear con una vida pasada y este blog ganaría en novelesco, pero lo cierto es que solo puedo afirmar que en los meses que la vi nunca me pidió un céntimo (supongo que ir en moto te deja al albur meteorológico, pero te resguarda de la gente), y cuando me veía serpentear entre los coches para ganar la “pole position”, se apartaba. Debí haberle dado al menos una sonrisa, aunque no la hubiera podido ver. Bien por el caso bien por su creciente melopea.

Al principio no me fijé, pero luego el brick de don simón no faltaba en su atrezzo, a medida que con la entrada de la primavera dejaba el anorak por unos vestidos a saber de cuánta mano. Y las medias rotas. Luego descalza. Iba echa un poema, malo. A ver si para pedir en los semáforos hace falta etiqueta. Bueno, esa etiqueta sí. Una etiqueta rota y sucia, machada de orina y vino.

Pero ya no está. Y canturreo “probably been moved on from every place, ‘cos she didnt fit in there…” un poco aterrado, la verdad.

Lo que pasa es que la canción de Phil Collins se estropea en este post. Ahora hay un tío bajito y muy moreno con mistol y cepillo que te limpia el parabrisas – a mí no, claro, me parapeto a camisa descubierta. La gente pone el limpiaparabrisas a tope para espantarlo y él se enfada. Dame algo. Déjame en paz.

Me ha dado por pensar que las mafias callejeras rumanas han apartado a la mujer de un semáforo para colocar a uno de los suyos, como un delegado comercial. Le veo y me da la impresión de ser un intruso. La mujer no molestaba y este tipo es bastante más incordio que ella.

Redondea la historia de este nuevo día en el paraíso el hecho de que en la acera hay una frecuentadísima oficina de empleo. Los parados que hacen cola que antes miraban con curiosidad a la mujer ahora contemplan con distancia al caballero de cepillo en ristre y mueca fácil. Trabajar nunca es fácil. Qué suerte tenemos algunos. Qué suerte tenemos de darnos cuenta. Oh, think twice!

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