En la peluquería en la que me corto el pelo los “40 Principales” suenan constantemente. Además de lavarte o de cortarte el pelo, te llevas canciones sin pedirlas. Entre el ruido de secadores, grifos y tijeras, las peluqueras (todas son chicas) corren de un lado para el otro mientras se agolpan los éxitos del momento.

Cortarse el pelo es de las pocas cosas que jamás se podrán hacer por Internet, creo (por qué el Word pone internet con mayúscula, ¿lo está deificando?). Y eso tiene sus ventajas e inconvenientes. Por una parte, siempre quedará ese espacio de contacto humano, masaje de cabeza incluido en las manos de una experta peluquera. Y qué decir de esas conversaciones que se mantienen mientras te cortan el pelo. Como no leo el Hola o el Semana, me dedico a darle la chapa a Alicia. El mes pasado le solté un rollo sobre los coches diésel, la mala calidad del aire y las muertes prematuras que debió de pedirse la baja en cuanto me fui. Supongo que ella preferiría cortarme el pelo por internet desde entonces.

Entre las desventajas está el que no escuchas los 40 Principales si no te apetece. Supongo que hay musiquillas que son menos agresivas estéticamente, por alegres y desenfadas – por ejemplo, el último “sencillo” de Paulina Rubio o Kate Perry – o por melancólicas – me refiero a que entre tanta gente entrando y saliendo y el ruido de cacharros de belleza, es fácil sumirse en tus pensamientos más lúgubres acompañado por una cancioncilla de Carlos Baute o La Oreja de Amaia. Eso salvo que le des el correspondiente turrón a la profesional.

Pero hoy ha sonado Viva la vida.

Una canción de ambiente medieval, acusada de plagio (viva la Satriani ), no pega nada con mujeres con los pelos revuelos en rulos. “En un momento tengo la llave y en el siguiente los muros se cierran ante mí. Descubro que mis castillos reposan sobre pilares de sal y barro. Oigo las campanas de Jerusalén y a los coros de la caballería romana…”. Pero, hete ahí, empieza la parte del oooohh oooohoohoo y de repente se dan cuenta de lo guapo que es Chris Martin. Y, claro: es el momento feliz del día. ¡Cómo gusta esta canción! ¡Hasta la ponen en las bodas! Y no importa que San Pedro jamás diga tu nombre o que ya no tengas misioneros en una tierra extraña, porque “eso era cuando gobernabas el mundo”.

Como veis, las peluquerías, al no estar sometidas a la amenaza de internet a la que han sucumbido hasta las administraciones públicas, son sitios muy extraños, no aptos para varones con demasiado pelo.

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