Un día sin canciones me hace pensar en que a veces no podemos escapar de ser meros gestores de tiempo (de trabajo, de familia, de la agenda…). Podría decir, recurriendo a la siempre aparente hipérbole, que es como un día sin pan o como estarse toda una jornada sin beber. Pero no es cierto. El hombre urbano contemporáneo puede vivir sin canciones porque todo depende de qué canciones y en qué circunstancias se escuchan. Y en el fondo la estética no es más que un esnobismo posmoderno. Sería, más bien, como una cena sin vino. Y, si me apuras, una cena a solas en un restaurante sin vino. Ah, pero no sirve lo mismo un blanco que un Lambrusco que un tinto. Y, por su puesto, no vale cualquier tinto.

El pasado día 21 de junio se celebraba el Día Europeo de la Música. Una cita más con el mercado. Era triste poner la radio comercial y comprobar cómo se esforzaban los locutores en “celebrar” tal fecha. Y los centros comerciales, condensación con aire acondicionado de este hecho, te ofrecían discos con el 21 % de descuento. Qué originales. Hay que vender, eso sí, a 20 €. Hay que (a)pagar el aire acondicionado.

Esa política de precios es una barbaridad de la que las discográficas y las radio fórmulas no van a escapar, por el momento. Así que cuanto antes se lo piensen mejor para todos. Pero les voy a echar una mano basándome en las siguientes premisas:

  1. la gente quiere escuchar la música que le gusta. Hoy la música, salvo escuchada en directo, es un mero archivo informático. Y al libro con los lectores digitales., otro tanto en un par de años.
  2. está dispuesta a pagar un precio por ello, pero cuando ve que puede descargárselo porque intercambia con otros usuarios de Internet.
  3. los autores e intérpretes deben beneficiarse de su trabajo.
  4. con el modelo descrito en el punto 2, ¿qué papel les queda a los intermediarios/discográficas?

 El otro día mi amigo Jaime presentó su última novela. Un thriller ambientado en la Transición española, “Hacia las sombras” . Éramos cuatro gatos en el Libertad, pero muy bien avenido, eso sí. Muy amigos y todos deseando que venda muchos libros. Pero, en el fondo, ¡qué más da! ¿Acaso no era suficiente recompensa/oportunidad estar allí y hablar de literatura con una piña colada en la mano? ¿O su dedicatoria y agradecimiento en mi ejemplar? Seguro que Jaime se merece ser multimillonario y tocar el bajo como Ken Follet. Pero él mantiene intacta su libertad creadora y hace lo que le da la gana. Lo importante es que siga haciéndolo y que nosotros lo vemos.

En suma, sí, nos gusta la estética. ¿Cuál es el precio? No lo sé, pero es cara porque está mercantilizada. ¿Cuesta una canción en itunes (ojo, el Word pone “atunes”) 99 céntimos? No lo sé. Lo relevante es que nos gusta. Y que nos gusta que nos guste.

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